lunes, 18 de enero de 2010

Grandes Amigos.

Había soñado mil veces con el día en que se acabara. Es más, me había imaginado miles de eventuales maneras de decirle OK, esto se acabó. Imaginé el lugar e incluso lo intenté un par de veces. Sé que no es normal terminar una relación que tiene algo, que te mueve a hacer cosas por el otro, una relación que está viva, pero que es nociva, tanto para ti, como para tu alma.
Me quedé con el sabor de la derrota, mezquina en las palabras, un adiós dicho por él, tal vez un hasta nunca, cerré los ojos, el computador y los programas, porque debo decir que nunca había terminado nada por este medio, tan impersonal por lo demás. Aburrido, no hubo llantos, ni gritos, solo letritas en cursiva negra del tipo “monotipe”, que desfilaban por mi ventana rosada, ni siquiera hubo monitos, ni zumbidos, ni derecho a réplica. Respiré profundo, porque qué se puede hacer cuando no sigues en la pista, cuando se apagan las luces de la carretera y ni siquiera un policía rural te detiene para pasarte un parte, claro otra metáfora de mi vida.




Me tendí en la cama, desecha como siempre, apagué mi lámpara y se me pasaron por la mente tantos recuerdos, tantas fiestas, declaraciones y aclaraciones. Fue amor, realmente cruzamos la línea del cariño para desnudar las almas, realmente lo amé, me amó, no lo sé; pero tampoco vale la pena preguntarlo, simplemente fue.
Cerré los ojos y me calmé, no podía ser tan malo. Pensé en la última vez en que no quise a nadie, hipotéticamente hablando, tal vez es cómodo aceptar las reglas del juego, sentarse y recibir los pases del otro, contestar que sí, con un “está bien”, someterse a los designios. Pero de más está decir, o tal vez no, nunca he sido sumisa. A esas alturas habían pasado algunos minutos, repasé mentalmente el parlamento, pensé en llamarle y decirle que nos vieramos nuevamente. Había sacado mis conclusiones, pero había dejado de doler(¿?) la anestesia hacía lo suyo, mientras iba dejando de pensar en él, en mí con él, mi cuerpo entraba en el letargo de un sueño reparador. Sonó el teléfono, y si “....casa llamando”, de vuelta a la armadura, contestar o no, pero no soy de las que piensa mucho. Dejó de sonar y le llamé yo. Una llamada, otro soporte tecnológico para una relación personal, palabras, disculpas, culpas, equilibrio y claro “el no sé quien eres Bárbara”. Soy no más, para qué adentrarse en lo otro, para qué desmenuzarme como a un poema, si no tengo ritmo, ni métrica, ni estrofas... no quiero. Tampoco sé quién es, ni qué quiere de esto, pero me gusta así, para qué intentar otra vez de la misma manera, buscando congruencias, si no las tengo, soy un volcán, soy sangre que brota fuerte, para qué encasillarme. no sé qué saldrá de esto, de esta nueva oportunidad para nuestra amistad, porque eso somos, como eso funcionamos, como amigos, más allá está el problema, cuando intentamos traspasar los ideales del otro, para convertirlos en los nuestros.tengo un amigo???.