
Ponte en mi lugar. Cuántas veces he escuchado esta frase como si fuera el fin más intelectual de una pelea, como si la gente buscara justificación para sus mariconadas cotidianas. Tal vez si intentaran caminar en mis zapatos, sí vieran como se siente ser yo por un margen de tiempo, sabrían que no me importa el cochino destino, sino el viaje en sí; que no busco el verdadero amor, sino uno mío a quien pueda descubrir en el crisol de la vida. Ni eterno ni pasajero, por el tiempo justo. De todas las maneras posibles hemos acercado las dudas, hemos unido las certezas y de cuando en cuando ha salido alguna verdad universal. Pero nada se detiene, ni siquiera el amor. Somos humanos y como tales unimos los pedazos del orgullo herido para conformar un gran orgullo, impenetrable a simple vista, a simple tacto. Hemos llegado al final de un camino, al final de un sentimiento, al final de una vida elegante que no tuvo desenfreno, no fui yo en ningún momento, tal vez una mala versión de mis miedos. Pero nada importa ya, nada nos devuelve al primer momento, nada se modifica para hacernos mejores de lo que fuimos. Cada uno cumplió con su parte del trato y no me pesa saber que pude extralimitarme y no lo hice, que pude esperar y no lo hice.
Fuerza y coraje son un pretexto para no llorar en frente de los otros. De qué estamos hablando, si las lágrimas son parte de una estrategia, de una mala propaganda personal. Nos sentimos frágiles, inseguros...como barcos de servilleta, posamos nuestras manos en otras y el velcro invisible de la seducción nos une, una y otra vez reposamos en otros, pero no, es sólo una cuestión de costumbre.
Just free love, tal vez, porque el amor es la sincronía perfecta de dos personas que se conectan sin necesidad de rejas.
He dejado de amar y he comenzado a querer. Comprendí la magia de un te quiero, de desear a otro en toda su magnitud, pero sin amar, porque justamente esta frase se prostituyó hace mucho. He perdido el aire por alguien, se ha detenido el tic tac de mi pecho por una fracción de segundo. Es hora de volver a los excesos personales y de otorgarme dosis incontables de mimos. Frenéticamente he plagado de buenas vibras a los que amo, es hora de dejar de ponerme en sus zapatos e intentar caminar en los míos, a pesar de su taco de aguja.