sábado, 25 de julio de 2009

Sensor de Movimiento

Mi alojamiento en Valparaiso era casi perfecto, una casona antigua, con un gran baño, una cocina equipada a mi gusto...sólo un detalle me molestaba y era la vista. Mi dormitorio no daba al mar, tampoco a los cerros, sólo veía una bodega vieja y un trozo del congreso nacional. Luego de aplanar por horas las calles, sacando fotos y hablando muy poco (porque Valpo me enmudece), el sueño y el cansancio me vencieron. Desperté tarde, con el molesto frío Porteño en la piel y una extraña luz en la bodega, que prendía y apagaba cada vez que los señores de los carritos guardaban su mercadería.
Pensé mucho en la constancia de la luz, en cómo lo iluminaba todo cada vez que alguien sin afán de ser iluminado entraba en el recinto, alguien olvidado rápidamente por los turistas, valorado momentáneamente por el humano con hambre de sopaipillas. Alguien poco agraciado que, de cierta manera, desentona con la belleza del lugar.
Los humanos también poseemos sensores, sensores de movimiento. Acaso no nos echamos atrás cada vez que alguien que no queremos se nos acerca, acaso nuestros ojos no iluminan descaradamente a los sujetos que nos gustan, acaso no sudamos y temblamos cuando nos tocan el punto sensible.
Mirando la luz, en silencio, empapada de todo lo que me gusta, imágenes de otros tiempos vinieron a mi mente. Deshilvané teorías, abandoné sentimientos, dejé bruscamente de sentir, mi luz se apagó. Descansé de una vida pasada, pero eso sólo me compete a mí.
Ya no soy la misma, ni quiero serlo, ya no hay fidelidad, tampoco espera, porque de algo estoy segura la magia la hago yo. Ahora sé, que cada vez que pases por mi lado, el sensor no prenderá.

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