domingo, 11 de octubre de 2009

Taxi


Tomar el taxi debería ser considerado un acto de escapismo digno de un gran mago, como el Copperfield o este mago chanta enmascarado o el famoso Cristian Ángel. La verdad es que uno se larga y para el dedo índice buscando que algún pelotudo, detrás de un parabrisas le haga la señal de detenerse. Te montas arriba, (del asiento) y comienzas tu trayecto, le pides que doble, que siga, que se detenga y no sabes cómo, pero terminas en el acceso principal del edificio de tu ex, le mandas un mensaje de texto, para no despertar a la bruja que tiene de esposa, y el muy necio lo contesta, a esta altura ya sabes que es lo que sigue, un beso, salir del anonimato, contar de él, alguien que tienes escondido, tu jorobado personal, ha salido a la luz de la noche. El señor del taxi no sabe si esperar, si seguir, si apretar cachete o meterle chala al asunto. Alguien que quieres mucho se decepciona de ti, aunque no lo diga, pero son mis necesidades especiales, ser amada por alguien que no verás al día siguiente, alguien a quien disfrutarás por un par de minutos, antes de que otra sienta su costado frío, y salga al balcón a ver dónde está. He vuelto a las andanzas, a sentir el vértigo que implica ser descubierta.

Los rusos blancos hacen su efecto, me vuelvo a subir al taxi, con mi amante incluido, doy vueltas y vueltas, se me olvida lo que vale un taxi, lo que vale el orgullo, lo que valgo, he abrazado a un hombre ajeno, pero las reacciones son propias, lo que se genera es nuestro, y de un taxista y de ella, que no sabe qué decir. Me canso de los arrumacos, de su olor, de la aspereza de su rostro, de sus manos grandes sobre mi espalda, es como si quisiera retenerme toda en su memoria, como si intentara tomar una foto o plotear el plano de mi cuerpo hasta la próxima vez. Yo no, no lo necesito mañana , para mi todo se basa en sensaciones, y esta en particular me hace mal, me siento obligada a comparar cada abrazo, a sentir celos de otra que lo tiene para ella, la noche de lluvia pierde sentido.

El taxi dobla en la esquina, lo devuelvo a los brazos de una Penélope que duerme, de una mujer que nunca miraré a los ojos, o tal vez sí, nos damos el último beso, ese que me sirve para que él pague la cuenta del taxista prostituto.


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