martes, 13 de octubre de 2009

Leve, pero crónico.


Concepción me hace feliz. Conce, mi ciudad, me divierte y me muestra cosas que no había visto antes de mí, ni de los demás. Un ejemplo de esto es la plaza de la independencia, siempre nueva, con alguna sensación nueva, gente nueva y ahora con el sistema de agua nuevo, ineficiente, pero nuevo al fin.

También he conocido lugares, personas, olores y sabores nuevos como el helado de manjar con nuez, que siempre me había rehusado a probar, tal vez por pendejería al ver que todas las minas lo comían. Lugares como un bar con buena decoración, con buena atención, pero con ese dejo familiar que tanto me exaspera. Olores como las rosas moradas, que concentran mejor el olor que las otras rosas.

Intento equilibrar la balanza y por ende mi propia vida, para ver si de una vez por todas logro encontrar el siguiente escalón, ese, como del comercial de Pepsi, pero sin pasar a llevar a nadie. Claro está que mi meta no se reduce a una simple guitarra eléctrica, ni a un micrófono. Ya que en mi caso, no sé que busco. La novedad del año -dijo mi hermano-, en una conversación que amenazaba con ser seria, de hecho tiene razón en la base, pero sus comentarios no me gustan, no se supone que la familia debe querernos tal y como somos, más bien, como he dicho antes, amarnos a pesar de lo que somos, de lo terribles que somos. Los juicios insidiosos como de talk show gringo, a la usanza de Oprah (la negrita simpaticona) están de más.

Conce tiene “eso”, la sensación de ser un lugar en el límite entre lo cosmopolita y lo rústico. El límite entre el puterío y lo sacro. El límite entre el mariconeo y el heterosexualismo. Cada cual elige su tendencia, cada uno despierta abrazado a lo que quiere, total no hay tele, no hay SQP, no hay farándula.

Hoy me he quejado del amor, me he hartado del amor tal como lo conocía, me presento a un nuevo casting en que se necesitan personas dispuestas a generar nuevas cosas, a promover nuevas sensaciones, new sensation, como dice la canción, una mezcla entre vodka y sudor, entre labios y cerezas color vino tinto. Un conjunto de pieles y humo. Qué se yo de aquello, qué espero de todo eso, qué espero de mi Conce querido, nada, sólo que todo lo anterior me pase aquí, justo aquí. Esto sería equivalente a hacer el amor en la cama de los padres con tu vecino flaite o a manipular la pistola del padre, tomarse los tranquilizantes de mamá con el whisky importado del hermano grande. Cosas extrañas en una mente que ha comenzado su fase terminal, pero que quiere su ciudad, que la camina, que la fotografía, que la besa.

Pero volviendo a Conce, siento que ha comenzado a envejecer, a tejer como las viejitas en el invierno, a tomar aguardiente con café como los jubilados, ya no me acompaña como yo quisiera, no hay gente espirituosa, ni hombres jugados, falta el punch como diría Checho Lagos, falta un amor violento como la canción de Los Tres. Falta equivocarse y disfrutarlo, trabajar no significa dejar de vagar, no significa sentar la cabeza, sino agitarla, total para eso hay dinero, para destapar botellas y agitar traseros.

He perdido la seriedad, he dejado de pertenecer a la fuerza racional de este país. Padres y apoderados, exijan que esta loca deje de educar a sus hijos, por el bien de las futuras generaciones de momios sentimentales.



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