
Hay instantes mágicos que interesa recordar, momentos en que tomas tus fotografías para la posteridad buscando que algún pariente te felicite por la buena toma del cabro chico comiéndose la sopa verde. Las nuevas cámaras digitales te ofrecen instantaneidad, son fáciles de acumular en una memoria digital, las puedes imprimir, ya no revelas nada y si no te da la gana guardarlas las borras y las olvidas.
Anoche, conversando con un fotógrafo profesional, de esos que toman fotos en matrimonios y bautizos de la alta sociedad de nuestro Conce querido, me puse a hablarle de las polaroid, de mis ganas de tener una algún día.
Para los que no saben qué es una polaroid, se trata de una de esas cámaras fotográficas antiguas que tomaban las fotos en negro y era necesario ponerlas al calor del pecho para que se revelaran, es decir, no sabías que resultaba de la toma, hasta que tu corazoncito le otorgaba el calor necesario (ya que los fotógrafos las metían en el bolsillo de su camisa). Sonrió diciéndome que ese era un pensamiento romanticón, lleno de un dejo nostálgico, me comentó acerca de la efectividad de las Canon, de la buena resolución de las Nikon. Del buen objetivo de las Sony, en fin, cosas que yo ya sabía. Tal vez hemos perdido el romantisismo, la cosa mística como diría mi Janita. En un mundo de Fast food, de Fast sex, de Fast todo, las cosas lentas han perdido terreno.
Soy una mujer polaroid, de aquellas que sólo toman conciencia, que sólo revelan su imagen al contacto de un pecho tibio. Una loca con ganas de todo, con sentido de la espera, atenta a los detalles; pero parece que voy desfasada, porque no tengo un objetivo claro, ni un lente óptico desarrollado, soy más bien de las que aman descubrir cosas que nadie más ha visto, de las que buscan las siete diferencias. De las que sueñan con encontrar en algún baúl olvidado una foto amarillenta de la vida de algún familiar.
Mi fotógrafo quedó corto en todo sentido, en la explicación, en las miradas, en el sentido del arte, me mostró algunas de las fotos de la noche que había sacado a unos cuantos amigos borrachos. Me deja con sentimientos encontrados, tal vez mi sentido del arte no es tan comercial. Lo rápido vende, lo rápido seduce, lo rápido se olvida al compararlo con los clásicos. Seguiré buscando la toma perfecta, el efecto fantástico, después de todo he visto una polaroid en un conocido escaparate.
Me encantó la idea de ser una mujer polaroid en este mundo fast-todo.
ResponderEliminarUn abrazo!
Claro, es como vintage eso, pero necesario, que vuelvan los lentos...cariños
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