He roto el chanchito con el fin de comprar una cartera nueva, la vi hace tiempo en una vitrina del mall y en cuanto se apareció frente a mis ojos se me volvió una necesidad. Ahorré por cuatro semanas, me sacrifiqué para no gastar el dinero en nada más, vendí algunas cosas que ya no usaba y me dejé algunos vueltos del supermercado. Sólo quería la cartera por lo que había visto en la vitrina, ni siquiera medité si iba conmigo, con mi estilo, si esa cartera serviría para mis necesidades, ya que por lo general cargo en las carteras con muchas cosas, prácticamente con todo.
Conté las monedas una por una, $40.780, ese es el ahorro del mes. Estoy contenta, por fin compraré la cartera que tanto quiero, con la que he soñado todo este tiempo. Llego a la tienda y la pido a la vendedora, la veo, la mido con una carpeta, intento hacer que quepa, pero no, es pequeña, además necesita cuidados especiales por el reno de la que está hecha. Por ningún motivo me sirve esta cartera.
Uno vive de ilusiones siempre, tratando de suplir sus necesidades, o sus banalidades de la manera que mejor le parezca, en mi caso me esforcé tanto por algo que no me sirve. Me lancé como una niña a un juguete nuevo, sin saber que la cartera, muy linda y todo, nunca satisfará mis expectativas.
Esto se parece al problema de las parejas, muchas veces creemos estar enamoradas de alguien que nos gusta mucho, alguien que nos hipnotiza con lo que es. Nos esforzamos por encajar, por lograr que nos combine, hacemos sacrificios sobrehumanos, lloramos, conquistamos. Todo con la finalidad de obtener la atención y concretar una relación con alguien. Con el tiempo vemos que no era lo que pensábamos, el bolso, tan caro por lo demás, no nos presta la utilidad necesaria. El hombre que nos quitaba el sueño, ha dejado de encajar con nosotros, en el fondo hubiera sido más fácil darse cuenta a tiempo de que el tipo nunca nos encajó, fue el gen consumista, ese que se empecina en obtener lo complejo, lo que es casi imposible, las mujeres gozamos con ese Casi, sabemos que en el fondo podemos lograr lo que no se puede. Mientras más difícil es el asunto, más fácil nos desencantamos, es como si fueran factores inversamente proporcionales. A mayor idealización….menor es el goce, menor el tiempo y menor la satisfacción.
Se trata de un juego de roles, o sea, siempre nos obsesionamos con el tipo que nos ignora, con el tipo que nos quiere como amigas, o con el actor de cine independiente que vive en el piso de arriba. Será que las mujeres crecimos con la idea de que no existen los imposibles. Bueno, propongo replantearse la “compra” antes, revisar si el adminículo en cuestión sirve para complementar nuestras vidas, si el bolso es capaz de contener lo necesario….no es posible que un notebook quepa en un bolso de fiesta.
Me replanteo mis compras anteriores, amores sufridos que he frenado a tiempo, aunque no antes de romper el chanchito y contar si me alcanza. Esta vez estoy ahorrando, juntando pedazos de mí, para ver si soy capaz de comprar lo que quiero, muchas veces me he sorprendido con el chanchito en las manos, a punto de tirarlo al suelo, hasta que recuerdo las veces anteriores, me contengo, junto más, pienso más, pruebo las compras potenciales. No me quiero equivocar en estos tiempos de crisis, no hay mucho espacio para un sobregiro. No cuesta embobarse, idealizar, pero el problema es que el amor no juega con algo material, está en juego la vida, el alma de uno de los participantes. Comprador y vendedor se exponen, uno al rechazo y el otro a la estafa.
Hoy tengo en mente una compra, me gusta lo que he visto en la vitrina. Sin embargo temo, a que no se venda, a que no me lo vendan a mí, por un problema de exclusividad. En fin, no me entusiasmaré tan rápido, el hecho de ser exclusivo me da la ventaja de que otra venga, lo compre y lo devuelva. Un producto usado es un producto con descuento, podré guardarme un poco de mí y tener lo que quiero.
Conté las monedas una por una, $40.780, ese es el ahorro del mes. Estoy contenta, por fin compraré la cartera que tanto quiero, con la que he soñado todo este tiempo. Llego a la tienda y la pido a la vendedora, la veo, la mido con una carpeta, intento hacer que quepa, pero no, es pequeña, además necesita cuidados especiales por el reno de la que está hecha. Por ningún motivo me sirve esta cartera.
Uno vive de ilusiones siempre, tratando de suplir sus necesidades, o sus banalidades de la manera que mejor le parezca, en mi caso me esforcé tanto por algo que no me sirve. Me lancé como una niña a un juguete nuevo, sin saber que la cartera, muy linda y todo, nunca satisfará mis expectativas.
Esto se parece al problema de las parejas, muchas veces creemos estar enamoradas de alguien que nos gusta mucho, alguien que nos hipnotiza con lo que es. Nos esforzamos por encajar, por lograr que nos combine, hacemos sacrificios sobrehumanos, lloramos, conquistamos. Todo con la finalidad de obtener la atención y concretar una relación con alguien. Con el tiempo vemos que no era lo que pensábamos, el bolso, tan caro por lo demás, no nos presta la utilidad necesaria. El hombre que nos quitaba el sueño, ha dejado de encajar con nosotros, en el fondo hubiera sido más fácil darse cuenta a tiempo de que el tipo nunca nos encajó, fue el gen consumista, ese que se empecina en obtener lo complejo, lo que es casi imposible, las mujeres gozamos con ese Casi, sabemos que en el fondo podemos lograr lo que no se puede. Mientras más difícil es el asunto, más fácil nos desencantamos, es como si fueran factores inversamente proporcionales. A mayor idealización….menor es el goce, menor el tiempo y menor la satisfacción.
Se trata de un juego de roles, o sea, siempre nos obsesionamos con el tipo que nos ignora, con el tipo que nos quiere como amigas, o con el actor de cine independiente que vive en el piso de arriba. Será que las mujeres crecimos con la idea de que no existen los imposibles. Bueno, propongo replantearse la “compra” antes, revisar si el adminículo en cuestión sirve para complementar nuestras vidas, si el bolso es capaz de contener lo necesario….no es posible que un notebook quepa en un bolso de fiesta.
Me replanteo mis compras anteriores, amores sufridos que he frenado a tiempo, aunque no antes de romper el chanchito y contar si me alcanza. Esta vez estoy ahorrando, juntando pedazos de mí, para ver si soy capaz de comprar lo que quiero, muchas veces me he sorprendido con el chanchito en las manos, a punto de tirarlo al suelo, hasta que recuerdo las veces anteriores, me contengo, junto más, pienso más, pruebo las compras potenciales. No me quiero equivocar en estos tiempos de crisis, no hay mucho espacio para un sobregiro. No cuesta embobarse, idealizar, pero el problema es que el amor no juega con algo material, está en juego la vida, el alma de uno de los participantes. Comprador y vendedor se exponen, uno al rechazo y el otro a la estafa.
Hoy tengo en mente una compra, me gusta lo que he visto en la vitrina. Sin embargo temo, a que no se venda, a que no me lo vendan a mí, por un problema de exclusividad. En fin, no me entusiasmaré tan rápido, el hecho de ser exclusivo me da la ventaja de que otra venga, lo compre y lo devuelva. Un producto usado es un producto con descuento, podré guardarme un poco de mí y tener lo que quiero.
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